El Inquisidor

El hijo prodigo de Miquihuana

 

Miquihuana: ¿regresa Matías Meléndez o regresa el pasado?

Hay políticos que cambian de partido. Otros cambian de discurso. Y están aquellos que, al parecer, simplemente esperan a que vuelva a aparecer el momento oportuno para regresar al escenario.

En Miquihuana comienza a escucharse nuevamente el nombre de Matías Meléndez, exalcalde priista de hace más de 15 años. Y ante un eventual regreso, la pregunta no debería ser solamente ¿por qué quiere volver?, sino algo mucho más importante: ¿qué tiene para ofrecerle hoy a un municipio que sigue enfrentando muchos de los problemas de siempre?

Porque Miquihuana no necesita más discursos bonitos. Necesita resultados.

Hablar de Dios, de esperanza y de unidad puede sonar muy bien cuando se está frente a un micrófono. Pero cuando una familia tiene el estómago vacío, cuando un joven no encuentra oportunidades para estudiar o trabajar, cuando la economía local no despega y cuando el desarrollo sigue siendo una promesa repetida administración tras administración, la retórica comienza a quedarse corta.

Y ahí está el verdadero problema.

Miquihuana es un municipio extraordinario, con recursos naturales, paisajes, gente trabajadora y un enorme potencial. Pero potencial no es desarrollo. Y belleza natural no paga la despensa.

Durante años hemos visto aparecer a los mismos personajes, con diferentes colores, diferentes siglas y, en ocasiones, diferentes discursos. PRI, PAN, Morena o el partido que toque: el ciudadano termina preguntándose si realmente cambió el proyecto o solamente cambió el logotipo.

Porque cuando la política se convierte en una carrera permanente por conservar una posición, el ciudadano deja de ser el objetivo y termina convertido en el instrumento.

Y aquí es donde Miquihuana también tiene que hacer una autocrítica.

No todo es culpa de los políticos.

Mientras una parte de la sociedad siga aceptando que el futuro de un municipio puede resolverse con un “apoyito”, una despensa, una quincena temporal o una promesa de empleo en el Ayuntamiento, los políticos seguirán encontrando terreno fértil para regresar cada tres años con el mismo discurso.

El problema no es solamente quién busca el poder.

El problema es quién sigue entregándole el poder.

Miquihuana tiene 177 años de historia. Sus habitantes merecen algo mucho más grande que convertirse en espectadores de una eterna repetición electoral: los mismos nombres, las mismas promesas, las mismas necesidades y, después de cada elección, las mismas explicaciones de por qué “no alcanzó el presupuesto”.

Y entonces aparece otra pregunta incómoda:

¿Qué se ha hecho realmente con los recursos públicos que llegan cada año al municipio?

Si, como se ha señalado, el presupuesto municipal supera los 56 millones de pesos, la discusión no debería centrarse únicamente en quién será el próximo candidato.

La discusión tendría que ser mucho más seria:

¿En qué se gastan?

¿Cuánto llega a obra pública?

¿Cuánto se destina a servicios?

¿Cuánto se invierte en desarrollo económico?

¿Cuánto se hace para generar oportunidades para los jóvenes?

Y, sobre todo, ¿qué resultados concretos puede mostrar cada administración?

Porque el ciudadano ya no debería conformarse con que le digan que “no hay dinero”.

Hay presupuesto.

Hay recursos federales y estatales.

Lo que corresponde exigir es que existan resultados.

Por eso, si Matías Meléndez pretende regresar a la escena política, tendrá que responder una pregunta que seguramente muchos miquihuanenses también se harán:

¿Qué cambió desde aquella administración de hace más de 15 años y qué propone hacer diferente ahora?

Porque volver a la política no debería ser un derecho adquirido por haber ocupado anteriormente un cargo.

Debería ser una responsabilidad que se gana nuevamente frente al ciudadano.

Y tampoco se trata solamente de Meléndez.

La reflexión alcanza a todos: a los que ya gobernaron, a los que actualmente gobiernan y a los que pretenden gobernar.

Miquihuana no necesita salvadores.

Necesita ciudadanos que despierten.

Que comparen.

Que pregunten.

Que revisen cuentas.

Que exijan obras.

Que dejen de votar únicamente por simpatías, colores, amistades o por quien les endulce el oído.

Porque mientras el pueblo siga aceptando la política de siempre, seguirá recibiendo los resultados de siempre.

Miquihuana no es un municipio pobre en riqueza.

Es un municipio rico en posibilidades.

Lo verdaderamente pobre sería resignarse a que esas posibilidades nunca se conviertan en desarrollo.

Así que, antes de volver a colocar viejas caras en nuevas boletas, quizá valga la pena hacer una pregunta sencilla:

¿Queremos otros tres años de promesas o estamos dispuestos, finalmente, a exigir resultados?

Porque despertar también es una decisión.

Y Miquihuana ya debería estar despierta.