El Inquisidor

Enrique el rebelde de ocasión

E‌n el magisterio tamaulipeco ya comenzaron a sonar los tambores de guerra. Enrique Meléndez Pérez salió a advertir que, si Arnulfo Rodríguez Treviño continúa retrasando la convocatoria para renovar la dirigencia de la Sección XXX del SNTE, habrá movilizaciones.

La amenaza no va dirigida únicamente al Comité Ejecutivo Nacional del sindicato. También es un mensaje para el gobierno estatal, que observa con preocupación cómo un conflicto gremial puede terminar impactando la gobernabilidad educativa.

Y es que la sucesión sindical no es un asunto menor. Miles de maestros han seguido el proceso con interés. Los aspirantes recorren el estado, visitan escuelas, saludan estructuras y buscan simpatías. La convocatoria, según los tiempos oficiales, debería publicarse en octubre y cualquier retraso alimenta sospechas.

Hasta ahí, el discurso de Enrique Meléndez Pérez podría parecer legítimo.

El problema es que la memoria suele ser una enemiga implacable.

Porque quien hoy se presenta como abanderado de la rebeldía magisterial es el mismo personaje que en 2007, formando parte de las estructuras nacionales del SNTE, guardó absoluto silencio cuando se aprobó la reforma del ISSSTE que tanto golpeó a los trabajadores de la educación.

Es también el mismo que en 2013, como diputado federal del PRI, levantó la mano para aprobar la llamada reforma educativa impulsada desde Los Pinos, una de las más repudiadas por el magisterio nacional.

Y por si quedaba alguna duda, en 2016 volvió a estar cerca de las estructuras nacionales cuando se consolidó la reforma relacionada con la UMA, otro tema que afectó directamente a miles de trabajadores y jubilados.

En aquellos años no hubo llamados a movilizaciones. No hubo discursos incendiarios. No hubo advertencias sobre secuestros de procesos democráticos. Reinó un silencio que hoy resulta difícil de explicar.

Por eso muchos observan con escepticismo la nueva faceta combativa de Meléndez. Porque cuando los golpes llegaron desde arriba, prefirió acomodarse. Ahora que busca convertirse en dirigente sindical, descubre repentinamente las virtudes de la protesta.

Más llamativo aún resulta que sus críticas eviten cuidadosamente al dirigente nacional, Alfonso Cepeda Salas. Si la democracia sindical está tan amenazada como afirma, si los tiempos están tan retrasados y si las bases están tan inconformes, cabría esperar señalamientos directos hacia la cúpula nacional.

Pero no.

La valentía parece tener límites geográficos.

En cambio, se construye la narrativa de un supuesto secuestro de la convocatoria cuando el actual comité seccional sigue formalmente en funciones y dentro de los tiempos estatutarios.

Lo cierto es que detrás del discurso democrático se libra una batalla de poder. Una disputa por posiciones, estructuras, influencia y control político. Y en ese terreno, los aspirantes buscan convencer a un magisterio que cada vez olvida menos.

Porque una cosa es encabezar una rebelión y otra muy distinta explicar dónde estaba el rebelde cuando se tomaban las decisiones que realmente afectaron a los maestros.

Y esa pregunta sigue sin respuesta.